Dios, el que cura mis heridas

Nací y me eduqué en una familia católica y practicante. Arraigó en mi interior la certeza de que Dios nos envió a su hijo Jesús a nuestro mundo como ejemplo de vida y, sobre todo, como una reivindicación de la esperanza en que existe otro mundo más allá de la muerte, y esto lo creo profundamente.

Me acompaña cada día, un crucifijo y muchas imágenes de santos que me van regalando familiares o me he traído de iglesias que he visitado. Esta presencia muda es un reflejo de la oración que sé que me acompaña, por parte de tanta gente que me quiere.

Creo también en la comunidad eclesial que cada día, cada semana o cuando puede, acude a encontrarse con Dios y con los demás en el templo. También yo, cada vez que puedo participo, incluso he llegado a comulgar en las últimas ocasiones en que he acudido a la Eucaristía, con la sangre de Cristo en lugar de con el cuerpo (ya he hablado de mi incapacidad para la deglución).

Cuando me paro a analizar mi evolución, y la cotejo con los progresos de la investigación, concluyo que el único que puede encontrar en tiempo y forma la curación de mi enfermedad, según las estadísticas, es Dios. Y tú dirás, ¿por qué?. Los científicos necesitan una media de tres años para encontrar algún avance que se prevea que pueda mejorar la sintomatología de la enfermedad, luego esto han de probarlo con pacientes durante un tiempo, después ha de replicarse en algún otro lugar el ensayo clínico; esto ya nos lleva a cuatro o cinco años más. Y para remate hace falta que sea rentable y algún laboratorio farmacéutico se anime a fabricar un producto que tomaremos pocos pacientes (pocos en relación con otras enfermedades), lo que convierte la inversión en “no muy rentable”. El tiempo juega en contra. Calculo que la ciencia nos reclama una espera de unos diez años para un hallazgo que, ni siquiera sabemos si será curativo o sólo preventivo o paliativo

Por otro lado, la estadística de la esperanza de vida de los enfermos de ELA se mueve entre los dos y los cinco años. Yo, con mi confianza puesta en Dios, quiero pensar que esto es una final de champion y que estoy en el partido hasta el descuento. Y le doy gracias a Dios por ayudarme a salir de la estadística y mantener alguna esperanza. Ojalá llegue el milagro, pero mientras tanto Dios alienta mis fuerzas, mi ánimo, mi esperanza y me reconforta.

Al despertarme cada mañana contemplo el crucifijo, me conmueve la crudeza de la imagen que presencio, y me devuelve la esperanza saber que después de ese sufrimiento también hay vida. Jesús, se convierte así en un motor que me anima a dar un paso adelante cada mañana y enfrentarme a lo que venga por delante. Quiero hacer mío ese verso del salmo Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, tu vara y tu cayado me sostienen”.

 

 

2 respuestas a «Dios, el que cura mis heridas»

  1. Mi sostén tambien es Jesucristo y
    REZO diariamente recitando el Salmo 23 de David para que mi esposa,Pilar afectada de ELA se cure de su dolencia.

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